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Desde el corazón de Angualasto, el vino artesanal que nace del esfuerzo familiar y la identidad del pueblo

  • Foto del escritor: Diario Libre
    Diario Libre
  • hace 1 día
  • 3 Min. de lectura

Con más de 20 años de historia, la productora Nieves Quilpatay mantiene viva una tradición que comenzó junto a su padre con las marcas " Cordillera Nevada y Victoria Eluney", elaborando vinos artesanales con uvas propias en Angualasto y apostando a crecer sin perder la esencia de su tierra.



En medio del paisaje cordillerano, donde el trabajo de la tierra se mezcla con la historia familiar, el vino artesanal se convierte en mucho más que una bebida: es memoria, esfuerzo y herencia. Así lo vive Nieves Quilpatay, quien desde hace más de dos décadas acompaña a su padre en la elaboración de vino tinto y blanco, manteniendo una tradición que se transmite con dedicación, paciencia y amor por la viña. Cada cosecha representa un nuevo desafío, pero también una oportunidad de seguir sosteniendo una actividad que forma parte de la identidad productiva del lugar.


La producción se realiza íntegramente con uvas del propio pueblo, principalmente de la variedad Malbec. La familia cuenta con alrededor de 500 plantas que, en una de las mejores temporadas, regalaron una cosecha generosa que permitió elaborar cerca de 2.200 litros de vino. Fue un año especial, marcado por la abundancia de uva y el orgullo de ver reflejado el trabajo de todo un ciclo en cada botella. Sin embargo, no todas las temporadas son iguales: en el último tiempo la producción descendió a unos 1.000 litros debido a una poda tardía que redujo considerablemente el rendimiento de las plantas, recordando que la naturaleza siempre tiene la última palabra.



El vino blanco se produce en menor escala, con unos 200 litros anuales, y se elabora con uvas criollas de plantas antiguas que crecen en la casa familiar, mezcladas con chardonnay y torrontés. Es una producción pequeña, casi íntima, que conserva el sabor de lo artesanal y lo auténtico. La familia no sale a comprar uvas a otros productores, por lo que cada botella nace exclusivamente del esfuerzo propio y del cuidado diario de la viña.


Hoy, el vino se vende de manera directa, en la casa y durante fiestas populares, donde quienes ya lo conocen vuelven a elegirlo año tras año. Aunque todavía no han dado el salto hacia otros mercados, el sueño de crecer está presente. La mirada está puesta en el futuro, en mejorar la producción y, con el tiempo, lograr que el vino artesanal de Angualasto llegue a más lugares sin perder su esencia.



El emprendimiento se sostiene gracias al trabajo conjunto de un pequeño equipo comprometido. Junto a Nieves participan Nicolás Mergüelles y Silvana Vega, quienes aportan sus conocimientos enológicos en la elaboración, mientras que Iris Vega se encarga de la logística. Nieves, en tanto, dedica gran parte de su tiempo al cuidado de la viña en sectores familiares como Durfo, Kilpatay e Isla Caballero, ocupándose del riego, la poda, la limpieza, la cosecha y todas las tareas que la planta requiere para dar fruto.


La producción también incluye otras variedades como cereza, moscatel y torrontés, algunas de maduración más tardía, lo que hace que la cosecha se extienda hasta mediados o fines de marzo. De esas combinaciones nacen nuevos vinos, entre ellos un rosado que ya está listo y pronto será fraccionado, luego de un nuevo filtrado. Cada etapa del proceso se vive con entusiasmo, como si fuera la primera vez.


Además, el emprendimiento tiene un fuerte vínculo con la comunidad. Durante la cosecha se convoca a vecinos del pueblo para colaborar en la recolección de la uva y, en el momento del fraccionamiento, también se suman manos para limpiar barriles y botellas. Son pequeñas changas que ayudan a muchas familias y que reflejan el espíritu solidario que rodea al trabajo de la viña.



Así, entre el sacrificio diario, la ayuda comunitaria y el amor por la tierra, el vino artesanal de esta familia continúa creciendo. No solo representa una producción local, sino también una historia de perseverancia, raíces profundas y sueños que, lentamente, siguen madurando con cada nueva cosecha.

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