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Bajo Colola, el pueblo que el agua cubrió y la memoria no dejó morir

  • Foto del escritor: Diario Libre
    Diario Libre
  • 25 feb
  • 4 Min. de lectura

El avance del Dique Cuesta del Viento prometió progreso y desarrollo para el norte sanjuanino, pero para 19 familias significó la pérdida de su tierra, su economía y su historia. Bajo el espejo de agua quedaron casas, corrales y árboles, sobre la superficie, una nostalgia que aún duele.



Corría 1986 y la provincia de San Juan vivía días de fuerte tensión política. El partido gobernante, Bloquista, concentraba el poder con una mayoría aplastante en la Legislatura y decisiones que generaban polémica, incluso por el desplazamiento de integrantes de la Corte de Justicia. En ese clima espeso, entre discursos de modernización y disputas institucionales, comenzó a tomar forma el proyecto que cambiaría para siempre la geografía y la vida del departamento Iglesia. En los despachos se hablaba de desarrollo hidroenergético, de crecimiento turístico, de futuro. En el Bajo Colola, en cambio, se hablaba del clima, de la cría de cabras, de la cosecha y de los hijos. Mientras unos proyectaban cifras y megavatios, otros defendían sin saberlo una forma de vida que estaba por extinguirse.



La obra del Dique Cuesta del Viento fue aprobada ese mismo año, aunque su construcción efectiva comenzó en 1993, luego de que una ley cediera 26 hectáreas de terreno fiscal para que el Instituto Provincial de la Vivienda edificara las casas destinadas a las familias que deberían abandonar la zona. La licitación estuvo envuelta en un escándalo público cuando el gobierno decidió adjudicarla a la empresa Paolini, pese a que había sido superada por propuestas de dos firmas mendocinas. La polémica marcó el inicio de un proceso donde las decisiones avanzaron con más firmeza que las respuestas para quienes quedarían bajo el agua.


En aquellos años, viajar a Colola Viejo era encontrarse con un caserío sencillo, de ranchos de adobe y techos de caña, donde vivían 18, luego serían 19, familias dedicadas a la cría de cabras, ovejas, gallinas, vacas y al cultivo de pequeñas parcelas. El paisaje era áspero, dominado por el viento y el cielo inmenso, pero también era hogar. Allí, se observaba las manadas desplazarse por las lomas con la tranquilidad de quien conoce cada rincón del cerro. Una señora de apellido paredes criaba a sus 15 hijos entre el polvo y la esperanza, sosteniendo con firmeza una economía doméstica que no necesitaba casi nada del exterior. Tambien, se recuerda a Don Pedro Montaño y Don Fortunato Espejo, quienes eran referentes de una comunidad donde todos se conocían, donde las puertas no se cerraban con llave y donde el trabajo era la única riqueza reconocida.



Desde 1977 se hablaba del emprendimiento hidroenergético. La noticia fue creciendo con los años hasta convertirse en certeza. Sabían que estaban en la zona de influencia, que el agua llegaría, que el traslado sería inevitable. Pero saberlo no lo hacía menos doloroso. Durante años convivieron con esa espera que pesaba como una sombra. En 1993 se sancionó la ley para la construcción de las nuevas viviendas y se prometió que estarían listas antes de que el embalse cubriera el valle. Treinta casas para repartir entre los miembros de las 19 familias. La planificación parecía ordenada en los papeles. La naturaleza, sin embargo, no respondió a los tiempos oficiales.


A fines de 1997 el dique comenzó a llenarse. Se calculaba que el nivel subiría lentamente, apenas unos centímetros por día. Pero en enero de 1998 las crecidas superaron todas las previsiones y el agua avanzó con una rapidez que nadie esperaba. La evacuación fue urgente, casi desesperada. Camiones municipales y de la empresa constructora cargaron muebles, animales, herramientas y lo imprescindible. Muchas pertenencias quedaron atrás, fotografías, utensilios, recuerdos imposibles de trasladar. El agua cubrió las fincas, las calles de tierra, los corrales y los árboles que delimitaban las propiedades. Cubrió también el modo de vida que durante generaciones había sostenido a esas familias. No sólo se inundaron casas; se inundó una cultura, una historia.




El traslado no fue sencillo. Las viviendas prometidas no estaban completamente terminadas y muchas familias debieron alojarse en casas de parientes o en cabañas municipales durante meses. Años después aún esperaban el pago de las expropiaciones, y en 1999 recibieron la noticia de que debían abonar cuotas por las casas entregadas, de apenas 60 metros cuadrados, a cambio de hectáreas productivas donde habían criado ganado y cultivado alfalfa. El cambio fue abrupto, de la autosuficiencia rural pasaron a depender del mercado para casi todo, de la amplitud del campo abierto a un barrio organizado en manzanas, de la libertad de sus tiempos al ritmo impuesto por otra lógica económica, de la felicidad de un estilo de vida, a un ritmo social del que no estaban acostumbrados. “Teníamos de todo, no comprábamos nada”


Última Arreada 1998
Última Arreada 1998


Hoy el Dique Cuesta del Viento es un ícono turístico. Las velas de windsurf y kitesurf colorean el espejo de agua, los visitantes llegan para admirar el paisaje y el lago se muestra sereno bajo el cielo azul. Sin embargo, cuando la sequía baja la cota, el Bajo Colola reaparece como una herida abierta. Emergen cimientos de cemento, mosaicos sueltos, caños oxidados, restos de bicicletas, herraduras y utensilios. Los troncos blanquecinos de miles de árboles talados antes del llenado sobresalen como esqueletos que se niegan a desaparecer. Caminar por allí es recorrer las ruinas de un pueblo que no pertenece a un pasado remoto, sino a una memoria todavía viva.


Las familias no sólo perdieron tierras y animales. Perdieron el olor del horno de barro al amanecer, el sonido de las cabras regresando al corral, la certeza de que el trabajo propio alcanzaba para sostener la casa. Perdieron el paisaje que daba sentido a su identidad y la continuidad de una cultura transmitida de abuelos a nietos. Bajo el agua quedaron patios, corrales y sueños, sobre la superficie quedó un progreso que brilla, pero que para ellos tuvo un costo imposible de medir.



El lago sigue allí, inmenso y luminoso, reflejando el cielo como si nada hubiera ocurrido. Pero en el fondo, donde el silencio es absoluto, descansa un pueblo entero. Y aunque el viento continúe soplando con la misma fuerza de siempre, hay algo que no volvió jamás, la vida sencilla y orgullosa del Bajo Colola, esa que el agua cubrió una noche de enero y que, desde entonces, sólo sobrevive en la memoria emocionada de quienes la vivieron. "Todo quedara guardado en la memoria, y mientras eso exista, la historia del Bajo Colola jamas morira", Diario Libre.


Agradecimiento a la Señora Silvia Rodriguez por fotos y video.



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