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Diabetes en Iglesia: conocer la enfermedad a tiempo puede marcar la diferencia entre una vida saludable y una emergencia médica

  • Foto del escritor: Diario Libre
    Diario Libre
  • hace 1 día
  • 6 min de lectura

La diabetes se ha convertido en una de las enfermedades crónicas con mayor crecimiento en todo el mundo y la provincia de San Juan no es ajena a esta realidad. En departamentos extensos como Iglesia, donde muchas familias viven a varios kilómetros de los centros de salud y el acceso a la atención médica puede demorar por las distancias o las condiciones climáticas, la información cumple un papel fundamental. Conocer los síntomas, comprender cómo actúa la enfermedad y saber cómo responder ante una situación de urgencia puede evitar complicaciones graves e incluso salvar una vida.



Uno de los principales problemas que enfrentan los profesionales de la salud es la desinformación. Muchas personas desconocen qué es realmente la diabetes y creen que únicamente afecta a quienes consumen grandes cantidades de azúcar o a los adultos mayores. Sin embargo, la enfermedad puede presentarse a cualquier edad. Existen niños que son diagnosticados durante los primeros años de vida, adolescentes que requieren tratamiento permanente y adultos que conviven durante años con la enfermedad sin saberlo, ya que en muchos casos los síntomas aparecen de manera silenciosa o son confundidos con otras afecciones comunes.


La diabetes es una enfermedad crónica que se produce cuando el organismo no logra controlar correctamente los niveles de glucosa en la sangre. La glucosa constituye la principal fuente de energía para todas las células del cuerpo y, para poder ingresar a ellas, necesita de una hormona llamada insulina, producida por el páncreas. Cuando el organismo deja de producir suficiente insulina o no consigue utilizarla correctamente, el azúcar permanece circulando en la sangre y comienza a afectar distintos órganos como los ojos, los riñones, el corazón, el cerebro y los nervios.



Existen diferentes tipos de diabetes. La diabetes tipo 1 suele aparecer durante la infancia, la adolescencia o la juventud y se desarrolla porque el sistema inmunológico destruye las células encargadas de producir insulina. Esta forma de la enfermedad no puede prevenirse y requiere la aplicación diaria de insulina durante toda la vida. En cambio, la diabetes tipo 2 representa cerca del 90 por ciento de los casos y generalmente está relacionada con el sobrepeso, el sedentarismo, la alimentación poco saludable y los antecedentes familiares, aunque también puede presentarse en personas con peso normal. Además, existe la diabetes gestacional, que aparece durante el embarazo y exige un seguimiento médico permanente para proteger la salud de la madre y del bebé.


En muchas ocasiones la enfermedad comienza a manifestarse lentamente y los síntomas son atribuidos al cansancio propio del trabajo, al calor característico de la región o simplemente al paso del tiempo. Esa demora en consultar favorece que la diabetes avance silenciosamente y produzca daños que podrían evitarse con un diagnóstico temprano. Por ese motivo, los especialistas recomiendan prestar atención a cualquier cambio persistente en el organismo y concurrir al centro de salud ante la menor sospecha.


Entre las primeras señales que suelen aparecer se encuentra una sed intensa que obliga a beber agua constantemente durante todo el día. A esto se suma la necesidad de orinar con mucha frecuencia, incluso varias veces durante la noche, un aumento llamativo del apetito acompañado de pérdida de peso sin explicación, cansancio permanente, falta de energía para realizar tareas habituales, visión borrosa, heridas que demoran más de lo normal en cicatrizar, infecciones recurrentes, picazón en la piel y sensación de hormigueo o adormecimiento en manos y pies. Aunque cada uno de estos síntomas puede estar relacionado con otras enfermedades, cuando aparecen juntos es indispensable realizar una consulta médica.


En los niños, la diabetes tipo 1 suele instalarse con mayor rapidez y los síntomas pueden agravarse en pocos días. Muchos padres no logran identificarlos porque nunca imaginaron que un niño pudiera desarrollar esta enfermedad. Uno de los primeros signos es que el pequeño comienza a pedir agua de manera permanente y presenta una sed imposible de saciar. También aumenta considerablemente la cantidad de veces que orina y, en algunos casos, vuelve a mojar la cama durante la noche cuando ya había aprendido a controlar los esfínteres. A pesar de comer con mucho apetito, el niño pierde peso rápidamente, se muestra decaído, duerme más horas de lo habitual, presenta cambios bruscos de humor, disminuye su rendimiento escolar y evita realizar actividades físicas porque se siente sin fuerzas.


Si la enfermedad continúa avanzando sin tratamiento, pueden aparecer vómitos persistentes, dolor abdominal intenso, respiración acelerada y profunda, aliento con olor afrutado, somnolencia excesiva y alteraciones en el estado de conciencia. Estos síntomas pueden indicar una complicación conocida como cetoacidosis diabética, una urgencia médica que requiere atención inmediata. En estos casos no debe esperarse a que los síntomas desaparezcan por sí solos ni intentar tratamientos caseros. El traslado urgente al centro de salud más cercano resulta indispensable.


En los adultos, la diabetes tipo 2 puede permanecer durante años sin ser detectada. Muchas personas consultan recién cuando comienzan a sufrir problemas de visión, infecciones repetidas o dificultades para cicatrizar pequeñas heridas. Otras descubren la enfermedad durante un control médico de rutina o al realizarse análisis de sangre por otra causa. Por esa razón, quienes tienen antecedentes familiares, sobrepeso, hipertensión arterial, colesterol elevado o una vida sedentaria deberían controlar periódicamente sus niveles de glucosa aunque no presenten síntomas.


Aunque la diabetes tipo 1 no puede prevenirse, gran parte de los casos de diabetes tipo 2 podrían evitarse o retrasarse mediante hábitos saludables. Los profesionales recomiendan mantener un peso adecuado, realizar actividad física de forma regular, caminar al menos treinta minutos diarios, consumir abundantes frutas, verduras, legumbres y cereales integrales, reducir el consumo de bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados, evitar el tabaquismo y moderar el consumo de alcohol. Estas medidas no solo disminuyen el riesgo de desarrollar diabetes, sino también de padecer enfermedades cardiovasculares.


Cuando una persona con diabetes presenta un aumento importante del nivel de azúcar en sangre, pueden aparecer sed intensa, boca seca, necesidad constante de orinar, cansancio extremo, visión borrosa y dificultad para concentrarse. En esas circunstancias es recomendable controlar la glucemia si se dispone de un glucómetro, beber agua para evitar la deshidratación y cumplir estrictamente con el tratamiento indicado por el profesional de la salud. Nunca deben suspenderse la insulina o los medicamentos por decisión propia, ya que esto puede agravar rápidamente el cuadro clínico.


Si además del aumento de glucosa aparecen vómitos, respiración rápida, dolor abdominal, somnolencia, confusión o pérdida del conocimiento, se debe solicitar asistencia médica urgente. Estas manifestaciones pueden indicar una descompensación grave que requiere atención hospitalaria inmediata y que, sin tratamiento oportuno, puede poner en riesgo la vida del paciente.


También es importante conocer cómo actuar cuando ocurre la situación contraria, es decir, cuando el nivel de azúcar desciende demasiado. La hipoglucemia suele producir sudor frío, temblores, hambre intensa, palpitaciones, mareos, debilidad, dificultad para hablar, cambios en la conducta, visión borrosa y sensación de desmayo. Si la persona se encuentra consciente, debe ingerir rápidamente una fuente de azúcar de absorción rápida, como un vaso pequeño de gaseosa común, un jugo con azúcar o azúcar disuelta en agua.


Después de aproximadamente quince minutos es conveniente volver a controlar la glucemia, si es posible, y posteriormente consumir un alimento que ayude a mantener estables los niveles de azúcar.

Si el paciente pierde el conocimiento o no puede tragar, nunca deben administrarse líquidos ni alimentos por la boca, ya que existe un alto riesgo de asfixia. Lo correcto es solicitar asistencia médica de inmediato y, si la familia cuenta con glucagón y sabe cómo administrarlo, utilizarlo mientras llega el personal sanitario.


El tratamiento de la diabetes exige compromiso permanente tanto del paciente como de su entorno familiar. Además de los medicamentos o la insulina, el control depende de una alimentación equilibrada, actividad física regular, controles médicos periódicos, monitoreo frecuente de la glucemia y educación sobre la enfermedad. En la actualidad existen dispositivos tecnológicos que permiten medir los niveles de glucosa de manera continua, facilitando un mejor seguimiento, aunque su utilización depende de la indicación médica y de la disponibilidad de cada paciente.


Los especialistas coinciden en que uno de los mayores desafíos continúa siendo el diagnóstico precoz. Detectar la enfermedad durante sus primeras etapas permite iniciar rápidamente el tratamiento y reducir significativamente el riesgo de complicaciones como infartos, accidentes cerebrovasculares, insuficiencia renal, pérdida de visión, lesiones en los pies y amputaciones. Muchas de estas consecuencias pueden evitarse mediante controles periódicos y un adecuado seguimiento médico.


Para las comunidades rurales del departamento Iglesia, donde las distancias entre localidades y centros asistenciales pueden representar un obstáculo importante, la prevención adquiere un valor aún mayor. Cada familia debería conocer los principales síntomas, realizar controles médicos cuando corresponda y consultar sin demora ante cualquier señal de alarma. La capacitación de docentes, clubes, instituciones, vecinos y referentes comunitarios también puede convertirse en una herramienta clave para reconocer rápidamente una emergencia y brindar la primera respuesta mientras llega la asistencia profesional.


La diabetes no significa el fin de una vida normal. Con un diagnóstico oportuno, un tratamiento adecuado y el acompañamiento de profesionales de la salud, niños, jóvenes y adultos pueden estudiar, trabajar, practicar deportes y desarrollar todas sus actividades cotidianas con normalidad. La verdadera diferencia la hace la información. Reconocer los primeros síntomas, consultar a tiempo y adoptar hábitos saludables constituye la mejor estrategia para cuidar la salud y proteger a toda la comunidad de Iglesia frente a una enfermedad que, detectada a tiempo, puede controlarse eficazmente.

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