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Iglesia desperdició veinte años de minería y hoy comienza a pagar el precio de su propia mediocridad

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    Diario Libre
  • hace 6 horas
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El departamento de Iglesia convivió durante más de veinte años con una de las actividades económicas más importantes y rentables de la Argentina. La minería cambió el movimiento económico del departamento, generó miles de puestos de trabajo, hizo circular millones y millones de dólares y permitió que muchísimas familias accedieran a salarios que en cualquier otro rubro eran imposibles de alcanzar en San Juan. Sin embargo, después de dos décadas de actividad minera, la realidad actual del departamento es devastadora y deja expuesto un fracaso social, político, educativo y cultural que ya no puede seguir ocultándose detrás del discurso cómodo de “la minería tiene que dar trabajo”.




Porque hoy el desempleo en Iglesia crece de manera alarmante. Las redes sociales se llenan de pedidos laborales, los reclamos son permanentesm todos apuntan a lo mismo. Alta montaña, Minería, empresas contratistas, Veladero, y lo más preocupante de todo es que gran parte de quienes hoy exigen otra oportunidad ya trabajaron anteriormente en Veladero o en empresas vinculadas al sector. Muchos pasaron años cobrando sueldos extraordinarios. Algunos quedaron afuera por reducción de personal, otros por decisiones internas de las empresas y otros directamente por causas laborales o problemas disciplinarios. Pero el verdadero problema no es solamente haber perdido el trabajo. El problema real es que la enorme mayoría jamás construyó nada para sobrevivir fuera de ese sistema. Y esa es la discusión que nadie quiere dar públicamente en Iglesia.


Durante años, muchísimos trabajadores mineros tuvieron ingresos que podían haber servido para construir empresas, desarrollar servicios, invertir en logística, abrir comercios, comprar terrenos estratégicos, generar alquileres, levantar depósitos, playones o cualquier emprendimiento capaz de producir ingresos a largo plazo. Pero eso casi nunca ocurrió. Lo que predominó fue una cultura profundamente destructiva del gasto inmediato, del consumo excesivo y de la falsa sensación de riqueza que genera un sueldo alto cuando no existe educación financiera, visión empresarial ni capacidad de pensar a futuro.



Porque mientras en otros lugares del país las personas entienden que los ciclos económicos cambian y que ningún trabajo es eterno, en Iglesia se instaló durante años una mentalidad extremadamente peligrosa. Muchísimos trabajadores vivieron únicamente para el presente. Vivieron para bajar del roster y gastar. Vivieron para aparentar. Vivieron para sostener una imagen social vacía basada en el “mirá cuánto gana”, “mirá el vehiculo nuevo”, “mirá la casa”, “son millonarios”.


Pero detrás de esa apariencia muchas veces no existía absolutamente nada sólido. No había inversiones productivas, no había proyectos empresariales, no había planificación familiar, no había cultura del ahorro, no había capacidad de administrar ingresos extraordinarios. Había consumo, había alcohol, había gastos innecesarios, había familias viviendo muy por encima de sus posibilidades únicamente para sostener una imagen económica que dependía exclusivamente de un sueldo minero.


La realidad es durísima, pero hay que decirla. Durante años, para muchísimos trabajadores, el principal objetivo era bajar del roster para salir a consumir alcohol, gastar plata y aparentar bienestar económico. Muy pocos pensaban en estudiar, muy pocos pensaban en emprender, muy pocos investigaban qué necesitaba realmente la minería para transformarse ellos mismos en proveedores o empresarios.


Porque la minería no solamente genera trabajo directo. La minería genera servicios, genera transporte, genera logística, genera construcción, genera gastronomía. genera talleres, genera alquileres, genera mantenimiento, genera tecnología, genera administración, genera oportunidades enormes para quien tiene visión empresarial. Pero en Iglesia, después de veinte años de actividad, apenas existe un puñado de proveedores fuertes vinculados a la minería. Y lo más grave todavía es que muchos de esos empresarios ni siquiera fueron trabajadores mineros. Fueron personas que entendieron antes que nadie que el verdadero negocio no era depender de un sueldo, sino trabajar alrededor de la minería.


Mientras gran parte del departamento consumía, otros invertían, mientras muchos gastaban fortunas en vehículos que al poco tiempo perdían valor, otros compraban terrenos estratégicos, mientras algunos vivían obsesionados con aparentar riqueza, otros construían depósitos, talleres y empresas. Mientras algunos seguían atrapados en la cultura del “quiero bajar a tomar”, otros investigaban en internet qué necesitaban las compañías mineras, cómo presentar una propuesta de servicios, cómo desarrollar un proyecto logístico o cómo insertarse como proveedores dentro de la actividad. Y hoy esa diferencia es brutal.


Hay empresas como Nielsen Logistica, ANDEMIRA que buscan playones en Iglesia y no los encuentran, y muchas otras, que ya comenzaron a posicionarse fuertemente dentro del departamento. Oficinas en Rodeo, espacios en Villa Iglesia, movimientos logísticos visibles para cualquiera que quiera observar la realidad. Empresas de afuera que llegan porque entienden el potencial económico gigantesco que tendrá Iglesia en los próximos años con el avance de nuevos proyectos mineros. Y mientras ellos llegan con planificación, inversión y visión empresarial, gran parte de los iglesianos simplemente mira cómo el futuro pasa delante de sus ojos.


Porque ese es el verdadero drama de Iglesia. El departamento tuvo minería durante veinte años, pero nunca desarrolló mentalidad minera. Nunca generó cultura empresarial. Nunca construyó una sociedad preparada para convivir inteligentemente con una industria multimillonaria. Y ahí aparece también otro fracaso gigantesco que ya nadie puede ocultar. El fracaso educativo.


Iglesia jamás preparó a sus jóvenes para el futuro económico real del departamento. Existen escuelas orientadas al turismo en un lugar que nunca desarrolló una estructura turística seria. Existen orientaciones agropecuarias cuando cada vez menos jóvenes quieren trabajar en agricultura y cuando el propio sector agrícola pierde fuerza año tras año. Existen bachilleratos y capacitaciones básicas, pero no existe una sola escuela minera seria orientada específicamente a formar técnicos, supervisores, perforistas, especialistas en mantenimiento industrial, automatización, logística minera, administración minera o liderazgo empresarial. Es decir, el departamento vive de la minería, pero no educa para la minería. Y eso representa uno de los fracasos políticos más graves de las últimas décadas.


Durante años, gobiernos municipales, provinciales y responsables educativos jamás tuvieron visión de futuro. Nunca entendieron que un departamento netamente minero necesitaba escuelas técnicas mineras, formación universitaria cercana y políticas agresivas de capacitación orientadas a generar profesionales locales capaces de ocupar cargos jerárquicos dentro de la industria. Hoy Iglesia carece de ingenieros, administradores, técnicos especializados y profesionales suficientes para afrontar lo que viene. Y lo que viene será gigantesco.


Proyectos como Vicuña, Lunahuasi, Chita, Forte Esquiu, El Toro y otros desarrollos transformarán completamente la economía local. Llegarán empresas, llegarán inversiones, llegará movimiento económico, llegarán industrias, llegarán servicios, llegará infraestructura, pero también llegarán profesionales de afuera. Y entonces aparecerá nuevamente el discurso victimista de siempre. “Siempre toman gente de afuera”. Pero la pregunta verdadera será otra. ¿Qué hizo Iglesia durante veinte años para prepararse para este momento?


Porque la realidad es que hoy el departamento no tiene suficiente capital humano capacitado para ocupar puestos administrativos, técnicos o gerenciales. Gran parte de la mano de obra local sigue limitada a tareas básicas de mantenimiento, limpieza, seguridad y trabajos operativos menores (peones o ayudantes). Mientras tanto, los puestos más importantes continuarán quedando en manos de personas preparadas de otras provincias porque simplemente en Iglesia no existe todavía una base profesional sólida.


Y eso no ocurre por culpa de las empresas. Ocurre porque durante años se eligió el consumo antes que la inversión. Se eligió aparentar antes que construir. Se eligió vivir el presente antes que planificar el futuro.


Hoy faltan playones logísticos, faltan talleres, faltan depósitos, faltan alquileres,f altan empresas, faltan profesionales, faltan servicios, faltan emprendedores, faltan inversiones privadas, falta visión, y mientras empresarios de afuera ya se posicionan para quedarse con el crecimiento económico que viene, gran parte del departamento continúa esperando que el próximo roster vuelva a resolverles la vida.


Pero la minería jamás garantizó estabilidad eterna.

Y esa es quizás la verdad más dura que Iglesia todavía no quiere aceptar.

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