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Ha partido el Patriarca de Rodeo, Don Ramón Marinero, Q.E.P.D

  • Foto del escritor: Diario Libre
    Diario Libre
  • hace 21 minutos
  • 2 Min. de lectura

A los 91 años, Don Ramón Faustino Marinero entrega su último suspiro a la tierra que amó, dejando un imperio de afectos y un surco vacío en el alma de su pueblo.



​Hoy el cielo de Rodeo no tiene su luz dorada; hoy tiene el color del duelo. Se ha apagado la voz que era trueno en la tribuna y caricia en el hogar. Don Ramón Faustino Marinero, el hombre que nació un día de San Valentín para enseñar al mundo lo que significa el verbo amar, ha decidido que su jornada ha terminado. A los 91 años, sus manos, esas herramientas benditas curtidas por el sol y el arado, se han entrelazado sobre el pecho en un descanso que sabe a eternidad.


​Ya no habrá mates compartidos bajo el sol de invierno en la plaza Federico Cantoni, ni el eco de su risa pícara ganando un envido a sus nietos. El "Rey de un Imperio Familiar" ha dejado su trono de mimbre y madera para pasar a la memoria de los cerros. Se ha marchado el labriego, el esposo de siete décadas de Ana Domitila, el padre de once estrellas que hoy lloran al sol que las guiaba.


​"Pucha, compadre, que vienen más en camino", decía con orgullo. Y sí, Don Ramón, se queda aquí su ejército de ma de 47 nietos, 72 bisnietos y 13 tataranietos, todos portando un pedazo de su nombre, una chispa de su mirada serena y la firmeza de su linaje de pura cepa.


​Es una tristeza que cala hondo, como el agua del río que nunca deja de correr. Se extrañará al hincha de River Plate y del glorioso Cololita, al hombre que desenfundaba la guitarra para que una cueca iglesiana detuviera el tiempo. Hoy, las mesas largas de su casa se sienten infinitamente cortas porque falta la cabecera, falta el brindis con el tinto, falta el aroma del pan recién horneado que él vendía como un gesto de amor a sus vecinos.

​Don Ramón no ha muerto; ha regresado al suelo que lo parió. Se ha fundido con la acequia, con el tomate maduro y con la lechuga fresca de su siembra. Su andar pausado ahora camina por las nubes de la cordillera, cuidando desde lo alto ese imperio que levantó con sudor y ternura.

Descanse en paz, Don Ramón. La tierra que tanto trabajó hoy lo recibe para guardarlo como su tesoro más preciado. Su huella en la arena del tiempo es ya una herida abierta de nostalgia, pero también una semilla que jamás dejará de brotar.

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